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El duelo




Cuando yo estudiaba para ser profesora de educación perinatal, tenía que leer mucho y escribir otro tanto sobre el proceso de duelo, la perdida y reflexionar sobre la perdida en mi vida y aplicada a la maternidad.

Creí saber de manera teórica lo que se sentía, creia ser lo suficientemente empática y sensible como para   lidiar con estas situaciones en mis clases.

Pero no tenía ni puñetera idea hasta el año pasado. No sabía que el duelo se parece en muchas cosas al parto, la percepción de los olores, de los colores y de los sabores,  la sensación clara y precisa de cada estado y cada momento dentro de lo turbio, el no encontrar consuelo al buscarlo en otros y en lo redundante del lenguaje en todo momento…Recuerdo cada minuto de esos días, recuerdo esa sensación de limbo en la que el mundo dejó de existir en su relación conmigo.

Recuerdo llorar mientras comía, mientras dormía y casi tener que buscar las razones después porque había tantas que no sabía cuál era la que lo desencadenaba. Recuerdo que como en el parto la vida me puso un espejo delante al que tuve que mirarme sin ganas, en este me ví mortal y tuve un miedo tan antiguo y primal que aún me sacude al recordarlo, de hecho y como la negra sombra ahora ya está siempre a mi lado. Recuerdo sentir en medio de todo haber crecido irremediablemente y estar triste también por eso.

De la rabia, la impotencia, la ausencia y el vacío queda ahora una lección que me duele con un nudo en la garganta, pero que siempre estuvo allí.

Hablan del crecimiento tras un proceso traumático o doloroso. Yo siento que la vida me ha revelado un secreto más, sentirme afortunada o no por ello es algo sobre lo que aún dudo. El secreto me confía la consciencia de lo efímero y la importancia de lo cotidiano. Y saberlo por ahora sólo añade frustración.

Como en la maternidad, en el duelo, la vida, o la muerte, que nos estalla en la cara cuando menos lo esperamos se recoloca poco a poco y nos vamos acostumbrando. Me acostumbro a la ausencia, a no intentar llamar por teléfono, a no compartir alegrias, a no necesitarte, pero a lo que no me acostumbro es a la tristeza de que no me cueste tanto.

Pese a esta experiencia sigo sin saber lo que sentirán las madres en sus duelos, pero ahora puedo decir  que ese es un mar al que espero no tener que asomarme nunca.

Foto  © Rafael Ricoy

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