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Autocuidados Radicales



 Mi amiga Verónica siempre dice cuando hablamos de feminismo: “Qué mejor triunfo o venganza contra la opresión patriarcal que vivir bien”. Y a mi que siempre me han interesado las preguntas más que las respuestas,  se me debería haber ocurrido preguntarme si yo vivía bien, pero no lo hice. Y con vivir bien no me refiero a las comodidades o privilegios aleatorios que nos pueden tocar con más o menos suerte y sacrificio, si no a vivir cuidándome, queriéndome, respetándome, mimándome, alimentándome, nutriéndome, maternandome. Eso que tanto predico y hago por y para otros/as. 
Pero por suerte a veces la vida te pone situaciones que te fuerzan a darte de bruces con esas preguntas que andas obviando. 
Tener a un familiar muy enfermo y cercano a la muerte te hace preguntas, te pone en el contexto ineludible que es la vida para que te dejes de películas y de creerte la ilusión de que estas aquí para siempre y tienes todo el tiempo del mundo y por si aún te quedan dudas tener un cólico nefritico y verte junto a la humanidad al desnudo en urgencias te lo acaba de corroborar. Sentarte en urgencias en Kings College con una piedrecita rodando por tu uretra es una experiencia casi mística para una atea como yo. Y dos horas allí con el móvil apagado dan para muchas reflexiones si tienes suerte...

Antes de irme de las redes creé con mucha convicción y amor por nosotras el movimiento Las imperdibles, y me sentía como siempre que hago algo así súper responsable y de hecho era lo único que aún me ataba y que me hacía sentir mal cuando hace ya tres semanas decidí hacer un apagón general de móvil, iPad y especialmente redes sociales.  Pero es que me di cuenta de la soberana incongruencia que estaba viviendo. Yo también soy imperdible. Y en esa adicción tan de siglo XXI de miedo a no estar virtualmente, zombificada en la vida real, de necesidad de recompensa en forma de notificación cual rata de laboratorio y de adrenalina peleándote con gente con la que jamás hablarás y de urgencia por arreglar todos los problemas del mundo, y de escondite para no tener que estar en el mundo real, en la parada del autobús con pesados, en el médico hablando con la señora mayor, o haciendo tareas tediosas, me estaba perdiendo.
Pero como toda yonqui que se precie, el mantra era: “yo no estaba enganchada al móvil”.

Siempre he sido una defensora de la tecnología y he creído que las redes sociales por ahora (al menos hasta que sean totalmente fagocitadas por el sistema capitalista) pueden ser generadoras de cambio. Pero creo que la ecuación a resolver, la que nos permita usar todas estas herramientas revolucionarias y no  al revés será una que deberán resolver nuestros hijos e hijas.
 Yo que era un mono enganchado a un móvil, trabajando gratis para facebook todo el día, queriendo creer que cambiaba algo y que no estaba sola, me estaba perdiendo un montón de cosas. 

Así que ahora no estoy porque estoy. Estoy aprendiendo a coser a máquina (cosa que he re descubierto como profundamente feminista) haciendo punto, jugando con mi hija, escuchando a mis hijos, intentando ser ejemplo para que ellos vivan más allá de las pantallas. Preparando los documentos para empezar a estudiar una carrera en otoño y continuando con el trabajo del documental. Yendo a una exposición de vestidos de Kahlo, al concierto de David Byrne, a Escocía pronto. Aprendiendo a cocinar más recetas vegetarianas. Mirando a mi alrededor. Celebrando 20 años junto a mi marido. Preparando un viaje a Japón por su cumpleaños y celebrando comidas en el jardín con amigas y vecinas, mientras dure el buen tiempo y mientras estemos vivas. 

Porque estamos vivas, y eso también es un privilegio. 
Y en estos momentos creo que lo verdaderamente revolucionario podría ser que todas aprendiéramos a cuidáramos y viviéramos con toda la intención de hacerlo. 
Usáramos todas las herramientas para reducir estrés y para aprender todo aquello que se nos antoje. Desde hacer una mesa a permacultura. Eso si que me parece un triunfo, usar todos los tutoriales de YouTube,  wikipedia, TED lo que queramos, pero aprender y aprender y llevarlo a la práctica real y tangible, salir de esta vida habiéndonos vivido, construido y reivindicado todas en lo individual revolucionando así lo general. Ahora mismo quiero aprender todo lo que siempre quise saber. Por mi y para mi, porque si soy una piedrecita en un estanque cuando caiga quiero que las ondas lleguen lejos. Porque eso para mi es mi lección a aprender antes de predicar nada.
Me siento por ahora muy callada y retrospectiva, un estado muy inusual para mi pero quiero pensar que necesario. 


Todas somos imperdibles para nosotras y para la vida en la que existimos. 

Aprovecho este post para agradecer las muchas amistades creadas en las redes, a todas las mujeres que se unieron a La Revolución de las Rosas y Las Imperdibles a María José Garrido Mayo y a Analia Huerga que se preocuparan por saber de mí, a Susana Ferreiro por haber sabido tras un trabajo increíble de matriactivismo que hay vida más allá de las redes y a Macarena Chaviano por haberme dado un ultimo empujón cuando se me acababan las fuerzas.

Os dejo con un vídeo muy interesante de Elsa Punset, que cómo su padre tiene la habilidad de simplificar las grandes cuestiones humanas. Me quedo con lo de los niños humanos aprenden por imitación y lo de fomentar la alegría en casa, es bien simple. Suerte compañeras, os deseo que podáis vivir bien.




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